"Mercedes Blanco"
Al fin llegaste tú para mecer
en tus brazos el cadáver de mi alma
con la sonrisa de una muerta
para decirme que la muerta habla
para hacer el amor en la ceniza.
Al fin apareciste en medio del más puro
vacío donde no quedaban
ya ni nombres ni palabras, ni siquiera
mi recuerdo en el mundo, en mí mismo:
al fin llegaste tú como un recuerdo.
Si aun siendo imposible que dejes de amarme, no obstante
tu corazón ciego se empeña en que me olvides
seré entonces yo el Imposible, seré
yo quien por entero encarne en cera
el rostro blanco de lo Imposible. Pero has venido aquí
como si te marcharas para siempre, a decirme
que aún queda una Verdad. Y ya has vencido
al agujero negro que hay detrás del alma
y que espera sólo vernos caer, que nos espera.
Y comprendí que yo era. Y que si aún sería
“entre los muchos hombres uno sólo”
como me dijo un traductor de Ausías,
lo sería
en tus brazos el cadáver de mi alma
con la sonrisa de una muerta
para decirme que la muerta habla
para hacer el amor en la ceniza.
Al fin apareciste en medio del más puro
vacío donde no quedaban
ya ni nombres ni palabras, ni siquiera
mi recuerdo en el mundo, en mí mismo:
al fin llegaste tú como un recuerdo.
Si aun siendo imposible que dejes de amarme, no obstante
tu corazón ciego se empeña en que me olvides
seré entonces yo el Imposible, seré
yo quien por entero encarne en cera
el rostro blanco de lo Imposible. Pero has venido aquí
como si te marcharas para siempre, a decirme
que aún queda una Verdad. Y ya has vencido
al agujero negro que hay detrás del alma
y que espera sólo vernos caer, que nos espera.
Y comprendí que yo era. Y que si aún sería
“entre los muchos hombres uno sólo”
como me dijo un traductor de Ausías,
lo sería
sí, pero siendo ese desierto
habitado por entero por ti,
que eras también uno solo.
Y te ofrecí el desierto como premio
y la soledad, para que la habitaras
sin jamás empero alterar su pureza;
te ofrecí, te ofrezco mi destrucción.
Y te dije tan sólo de mí que antes de ti
habitado por entero por ti,
que eras también uno solo.
Y te ofrecí el desierto como premio
y la soledad, para que la habitaras
sin jamás empero alterar su pureza;
te ofrecí, te ofrezco mi destrucción.
Y te dije tan sólo de mí que antes de ti
el presente era una forma del pasado;
y que esperar era una forma de faltarme el tiempo
oyendo sólo, en el horizonte de la espera, el eco
de una música en que todo
calló como si nunca hubiera sido, y que sabía
que hacerlo le fue fácil, porque todo
tiene su vocación de no haber sido: hasta la cosa
más simple quisiera
desaparecer. Pero llegaste tú para habitar ese eco
y dar sentido a la voz que habla sola
porque sabe -sabía- que era esa
la forma en que hablan todos, y la única
forma de hablar posible. Y besaste
suavemente en la boca mi baba,
que manchó una vez el papel en blanco.
Llegaste tú, y quisiera
haber sido aún menos, y arrepentirme aún más
de mi vida que otro vivió por mí.
Yo no soy quien me llamo: sólo tú me nombras.
Yo no soy, ni eres tú, esta sombra que llamo
para que hable de ti como lo haría
la lluvia que no dejó nunca de caer; para ofrecerte tu reflejo
en el agua de un océano bajo la que alguien
dicen que está muerto-quizás tú que me sonríes.
Y me dijiste: la muerte habla, y te contesto:
sólo los muertos hablan, entre ellos.
No te ofrezco ningún gozo, sino sólo la dicha
fecunda de la imposibilidad, como aguijón continuo
de la invisible vida de nuestro amor. Te digo sólo:
escucha cómo muere ese insecto- y te enseñé
en la mano una mosca muerta, y dije
he aquí nuestra riqueza. Y añadí: aprende
a no gritar jamás que nos amamos. Baste
susurrarlo, basten
tus labios para no decirlo:
porque amor no ha sido aun forjado
y que esperar era una forma de faltarme el tiempo
oyendo sólo, en el horizonte de la espera, el eco
de una música en que todo
calló como si nunca hubiera sido, y que sabía
que hacerlo le fue fácil, porque todo
tiene su vocación de no haber sido: hasta la cosa
más simple quisiera
desaparecer. Pero llegaste tú para habitar ese eco
y dar sentido a la voz que habla sola
porque sabe -sabía- que era esa
la forma en que hablan todos, y la única
forma de hablar posible. Y besaste
suavemente en la boca mi baba,
que manchó una vez el papel en blanco.
Llegaste tú, y quisiera
haber sido aún menos, y arrepentirme aún más
de mi vida que otro vivió por mí.
Yo no soy quien me llamo: sólo tú me nombras.
Yo no soy, ni eres tú, esta sombra que llamo
para que hable de ti como lo haría
la lluvia que no dejó nunca de caer; para ofrecerte tu reflejo
en el agua de un océano bajo la que alguien
dicen que está muerto-quizás tú que me sonríes.
Y me dijiste: la muerte habla, y te contesto:
sólo los muertos hablan, entre ellos.
No te ofrezco ningún gozo, sino sólo la dicha
fecunda de la imposibilidad, como aguijón continuo
de la invisible vida de nuestro amor. Te digo sólo:
escucha cómo muere ese insecto- y te enseñé
en la mano una mosca muerta, y dije
he aquí nuestra riqueza. Y añadí: aprende
a no gritar jamás que nos amamos. Baste
susurrarlo, basten
tus labios para no decirlo:
porque amor no ha sido aun forjado
y si nadie ama como tú y yo podríamos
hacerlo: sólo lentamente, inventando
la flor que no existió: si tú y yo ahora
nos amamos, habremos amado por primera vez.
No te ofrezco ningún gozo, sino sólo la lucha
de la hermosura subjetiva por ser cierta,
sino sólo el placer
de una agonía larga y segura porque únicamente
hacerlo: sólo lentamente, inventando
la flor que no existió: si tú y yo ahora
nos amamos, habremos amado por primera vez.
No te ofrezco ningún gozo, sino sólo la lucha
de la hermosura subjetiva por ser cierta,
sino sólo el placer
de una agonía larga y segura porque únicamente
cuando muere se sabe que fue la dicha.
Este elefante muerto, esta búsqueda
de lo definitivamente perdido, esta espera
que sólo espera hallar su propio discurso.
Te aguardo
al final del camino: no te ofrezco
ningún gozo:
acompáñame en la tumba.”
de lo definitivamente perdido, esta espera
que sólo espera hallar su propio discurso.
Te aguardo
al final del camino: no te ofrezco
ningún gozo:
acompáñame en la tumba.”
Leopoldo María Panero.
Imagen: Fragmento de la entrevista realizada por Blanca Fernández a Leopoldo María Panero, el 26 de julio del 2007, en Café Esdrújulo, Las Palmas de Gran Canaria. 17.45 horas. Revista Fábula

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