
Jaime vivía con su mujer Laura en su pequeño departamento. Pero también vivía con la duda...
Al principio, la duda sólo hacía apariciones como invitada a la casa: en discusiones puntuales, silencios incómodos, los momentos de tedio de los domingos.
Aunque pronto la cosa fue más lejos. La duda parecía dispuesta a instalarse en el hogar. Un día, sin previo aviso, pasó allí la noche: a la mañana siguiente, su cepillo de dientes apareció en el vaso del lavabo y su pijama bajo la almohada de Jaime. En sólo una semana, toda su ropa, perfumada y perfectamente doblada, se coló en los rincones vacíos de los cajones, justo entre la vestimenta de Laura y Jaime.
Pero el colmo fue cuando Jaime se la encontró en la cocina. La cocina olía intensamente al café que se estaba preparando, ella estaba buscando algo en un cajón. Al entrar Jaime por la puerta, dijo muy suelta de cuerpo: “¿Se puede saber dónde está el azúcar? No consigo encontrarlo en los muebles, ni en las cajas de mudanza de Laura”.
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